repitió casi las mismas palabras que había pronunciado años atrás junto a la reja de La Moraleja.
—Ya no tienes nada que hacer aquí, Clara.
Los niños lo escucharon.
Y eso cambió todo.
Clara podía soportar una humillación más.
No iba a permitir que sus hijos aprendieran que debían aceptar una falta de respeto para mantener la comodidad de los adultos.
—De acuerdo —dijo.
No gritó.
No discutió.
Tomó a los tres de la mano y empezó a caminar hacia la salida.
Álvaro la siguió dos pasos.
—Los niños se