era el dolor.
Quizás era el orgullo.
Quizás era la última parte de mí que aún creía que mi esposo no había pasado cuarenta y cinco años a mi lado solo para humillarme al final.
Así que empaqué una pequeña maleta.
Tres vestidos.
Mi rosario.
Una foto de nuestra boda.
Y el poco dinero que me quedaba.
Justo antes de irme, abrí el cajón de la mesita de noche de Roberto, más por costumbre que por deseo. Y entonces encontré la fotografía.
Nunca la había visto.
En la foto, Roberto
Quizás era el orgullo.
Quizás era la última parte de mí que aún creía que mi esposo no había pasado cuarenta y cinco años a mi lado solo para humillarme al final.
Así que empaqué una pequeña maleta.
Tres vestidos.
Mi rosario.
Una foto de nuestra boda.
Y el poco dinero que me quedaba.
Justo antes de irme, abrí el cajón de la mesita de noche de Roberto, más por costumbre que por deseo. Y entonces encontré la fotografía.
Nunca la había visto.
En la foto, Roberto