hermano.
Lucio se quitó los guantes y la examinó sin pudor.
—Así que esta es la esposa comprada.
Mateo lo empujó contra la pared.
—Una palabra más y vuelves caminando a Durango.
Lucio rio.
—Papá tenía razón. Te escondes aquí porque no sabes vivir con nadie.
Clara entendió entonces que la crueldad del testamento tenía raíces más profundas. Don Jacinto había criado a sus hijos enfrentándolos. A Lucio le había prometido dinero de la compañía maderera si Mateo perdía las tierras. El mismo hermano había entregado información sobre el matrimonio