Finge ser mi esposa, dijo un hombre de la montaña—Pero al probar lo que era estar con ella, rompió su única condición kara

las botas y la rutina. Sin embargo, ninguno hablaba de aquella noche ni del casi beso interrumpido por Lucio.

Hasta que Mateo regresó de revisar el corral con sangre fresca en la camisa.

—Te abriste la herida.

—Estoy bien.

—Siéntate.

—No me des órdenes en mi casa.

Clara dejó caer el cucharón.

—¿Tu casa? Me trajiste para fingir que también es mía. Decídete.

Mateo se volvió hacia ella.

—Te pagué por una firma, no para que me vigilaras.

—Y yo acepté porque pensé que eras un hombre práctico, no un