Bien. Yo no quiero una esposa que alguien espera.
—¿Entonces qué quieres?
Mateo tomó sus manos lastimadas, aunque ya casi no conservaban las grietas de la pensión.
—A ti.
Clara apoyó la frente contra la suya.
—Entonces guarda el dinero.
—Es tuyo.
—Nuestro.
Mateo cerró los ojos.
Fue una palabra pequeña, pero le cambió el rostro.
Meses después, Clara utilizó una parte para comprar herramientas, semillas y 2 vacas más. Con otra parte pagó hasta el último adeudo que quedaba a nombre de su difunto marido. No porque aún le