debiera algo a aquel hombre, sino porque quería cerrar esa puerta para siempre.
Lucio volvió a finales del verano.
Llegó solo.
Mateo salió al porche preparado para una pelea, pero su hermano dejó sobre la mesa la carta de don Jacinto.
—La leí —dijo.
Mateo endureció el rostro.
—¿Y?
—No pedía perdón.
—Eso suena a él.
—Pero admitía que nos enfrentó porque tenía miedo de que juntos pudiéramos desafiarlo.
Mateo guardó silencio.
Lucio miró a Clara.
—La compañía me ofreció dinero para impugnar otra vez la escritura. Les dije que