hierro, una mesa, herramientas y una sola cama grande detrás de una cortina.
—Esa es suya.
—¿Y usted?
Mateo señaló un catre junto a la puerta. Luego tomó carbón y trazó una línea negra sobre el piso.
—Yo no cruzo de ahí sin permiso. Usted tampoco. Compartimos techo, no vida.
Clara levantó la barbilla.
—Perfecto. Y límpiese las botas antes de pisar mi lado.
Por primera vez, Mateo casi sonrió.
Pasaron 3 semanas. Él salía antes del amanecer y volvía al anochecer. Ella horneaba pan, remendaba ropa y aprendía a