abrió el abrigo y vio una herida larga en las costillas.
—Quítese la camisa.
Mateo la miró como si esa orden fuera más peligrosa que la tormenta.
Clara llevó agua caliente, alcohol y vendas. Cuando rodeó su torso para sujetar el vendaje, su mejilla rozó el hombro de Mateo. Él dejó de temblar.
Sus rostros quedaron a centímetros.
Mateo levantó una mano y tocó apenas su mandíbula.
—Cruzaste la línea.
—Estabas sangrando.
Él inclinó la cabeza.
Y justo antes de que sus labios se encontraran, un golpe brutal retumbó contra