relación como si fuera una gran bendición.
Mi corazón empezó a latir más rápido.
Entonces escuché la respuesta de mi esposo.
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—No te preocupes, papá.
Su voz era diferente.
No era la voz que usaba conmigo.
No era la voz cariñosa que todos conocían.
Era fría.
Calculadora.
—Dos pastillas cada noche y un poco más en la sopa que acaba de comer.
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Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
Mis dedos se apretaron contra el barandal.
No podía moverme.
No podía respirar.
Pero seguí escuchando.
—Para medianoche