ni siquiera podrá abrir los ojos.
Lo dijo con una calma que me hizo sentir más miedo que cualquier grito.
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Como si estuviera hablando de una tarea pendiente.
Como si yo no fuera una persona.
Como si fuera un obstáculo.
Entonces escuché otra voz.
Fiona.
Mi suegra.
La misma mujer que me abrazaba delante de todos.
La misma mujer que me llamaba su hija.
—Entonces, ¿lo hacemos esta noche?
Cerré los ojos.
Durante un segundo quise creer que estaba confundida.
Que la medicina me estaba jugando una mala pasada.