Se me quedó la mano en el picaporte.
—Álvaro…
—He comprado lo que hacía falta. Me han quedado ochenta y dos euros con cuarenta. No puedo quedármelos.
Lo dijo con una seriedad que me dejó sin palabras.
Como si aquel dinero le quemara los dedos.
Como si aceptar ayuda fuera más difícil que empujar un cortacésped viejo durante dos horas bajo el sol.
Abrí la puerta un poco más.
—Pasa un momento.
—No hace falta, señora. Solo quería devolverlo.
—Pasa, Álvaro.
No lo dije fuerte.
Pero lo dije como maestra.