Y durante muchos años, cuando yo usaba ese tono, hasta los niños más revoltosos sabían que no había discusión.
Entró despacio, limpiándose las zapatillas en el felpudo, aunque estaban más gastadas que sucias.
Se quedó de pie en el recibidor, sin atreverse a avanzar.
—No voy a quedarme con un dinero que no he ganado —repitió.
Yo cogí el sobre, pero no lo abrí.
Lo dejé encima de la mesita.
—¿Y quién te ha dicho que no lo has ganado?
Me miró confundido.
—Señora, yo le corté el césped.
—Me