devolviste la tranquilidad —le dije—. Me quitaste una preocupación que llevaba semanas pesándome. Me recordaste algo que yo había olvidado. Eso también cuenta.
Apretó la mandíbula.
—Mi padre siempre decía que uno no debe aprovecharse de la gente buena.
Aquella frase me dolió.
No por mí.
Por él.
Porque entendí que aquel chico no estaba acostumbrado a que la bondad no escondiera una trampa.
—Tu padre tenía razón —contesté—. Pero aceptar una mano limpia no es aprovecharse.
Álvaro miró hacia el suelo.
Durante unos segundos solo se oyó el reloj