El chico tatuado que pidió quince euros y terminó cambiándome la vida kara

del pasillo.

Ese reloj antiguo que perteneció a mi marido, Antonio, y que desde que me quedé sola sonaba demasiado fuerte por las noches.

—¿Vives lejos? —pregunté.

—A unos veinte minutos andando. En un piso pequeño, cerca de la carretera vieja.

—¿Y la madre de Nora?

—Clara. Está con ella ahora. Está agotada.

Lo dijo con ternura.

No como quien se queja.

Sino como quien quiere proteger incluso las palabras que usa para hablar de la persona que ama.

—¿Trabajas en algo fijo?

Soltó una risa breve, sin alegría.

—Trabajo