en lo que sale. Jardines, portes pequeños, pintar una pared, limpiar trasteros… Lo que me dejen.
—¿Y no te dejan mucho?
No respondió enseguida.
Luego se tocó el cuello, justo donde asomaban los tatuajes.
—A veces ni me abren la puerta del todo.
Me quedé quieta.
Porque yo tampoco se la había abierto del todo.
No al principio.
Y de repente mi recibidor me pareció demasiado pequeño para tanta vergüenza.
—Siéntate —le dije.
—De verdad, no quiero molestar.
—Álvaro, tengo setenta y dos años. A mi edad una ya decide