que necesita que alguien le limpie el patio. No te prometo nada. Pero sí puedo decirles la verdad.
—¿Qué verdad?
—Que trabajas bien.
Álvaro abrió la boca, pero no dijo nada.
—Y escucha bien —añadí—. Yo no voy a pedir caridad para ti. Voy a recomendar tu trabajo. Eso es distinto.
Se quedó mirando sus manos.
Manos jóvenes.
Manos con tierra bajo las uñas.
Manos que aquella mañana habían empujado un cortacésped viejo como si empujaran el mundo entero.
—Gracias —susurró.
—No me des las gracias todavía. Mañana tendrás que