la cabeza tan baja.
Seguía empujando su cortacésped viejo, sí.
Pero caminaba distinto.
Como si la acera no lo rechazara tanto.
Mercedes lo recibió con los brazos cruzados.
Yo miraba desde mi ventana, lo confieso.
No para vigilarlo a él.
Para vigilarla a ella.
Al cabo de dos horas, Mercedes salió con una botella de agua y un plato con tortilla.
Eso, en nuestra calle, era una firma de confianza.
Por la tarde, Álvaro llamó a mi puerta.
Traía la cara roja del sol y las manos llenas de pequeñas