El chico tatuado que pidió quince euros y terminó cambiándome la vida kara

veces la vida obliga a algunas personas a enseñar las manos limpias antes incluso de saludar.

—Álvaro —le dije—. Yo no soy tu juez.

Sus ojos se quedaron fijos en mí.

—Es que mucha gente sí.

No supe qué contestar.

Porque era verdad.

Durante las siguientes semanas, mi calle cambió despacio.

No de golpe.

Las cosas importantes casi nunca cambian de golpe.

Primero fue Mercedes.

Luego Pilar.

Luego Tomás.

Después una señora de la calle de atrás que tenía un limonero enfermo y demasiada vergüenza para pedir ayuda.

Álvaro empezó