a venir dos o tres mañanas por semana.
A veces con el cortacésped.
A veces con una escoba, unas tijeras, una bolsa de herramientas prestadas.
Una mañana lo encontré mirando el cobertizo de mi patio.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Tiene usted una desbrozadora vieja ahí dentro.
—Era de mi marido.La sensación de seguir siendo necesaria.
Iba a cerrar la puerta, hasta que aquel chico tatuado dijo una frase que me dejó sin defensa.
—Señora Ruiz, solo necesito quince euros. Le corto el césped de delante, el de atrás y le