lo dejo bien, se lo prometo. Los necesito hoy.
Hoy.
Esa palabra se me quedó dentro.
Miré el jardín, luego lo miré a él. Cualquier jardinero habría cobrado mucho más. Ochenta euros, quizá cien.
—¿Cómo te llamas?
—Álvaro.
—Está bien, Álvaro. La puerta lateral está abierta.
Bajó la mirada y soltó el aire despacio.
—Gracias, señora. De verdad.
Entré en casa, pero me quedé detrás de la cortina de la cocina.
Me da vergüenza decirlo, pero pensé que pasaría el cortacésped por encima, haría lo justo y se marcharía con