sus quince euros.
Pero Álvaro no trabajó así.
Iba despacio, fila por fila, con una paciencia que hacía tiempo que no veía. No corría. No hacía como que trabajaba. Cuando el cortacésped se atascaba, se agachaba, quitaba la hierba enganchada, tiraba de la cuerda y seguía.
Sin móvil.
Sin quejas.
Sin malas caras.
Al rato, no pude seguir mirándolo desde dentro como una vieja desconfiada.
Preparé un vaso grande de agua fresca, un poco de zumo y dos bocadillitos pequeños. Salí al jardín.
—Álvaro, para un momento y bebe algo.