Él apagó enseguida el cortacésped y se enderezó preocupado.
—¿He hecho algo mal? ¿Hay alguna parte que no le guste?
—No —le dije—. Estás trabajando muy bien. Pero no eres una máquina.
Cogió el vaso con las dos manos.
—Gracias, señora.
Bebió en silencio, casi con vergüenza. De cerca no parecía peligroso.
Parecía cansado.
Demasiado cansado para un chico de su edad.
—Trabajas mucho —le dije.
Apretó los labios.
—Tengo que hacerlo.
No añadió nada más.
A los pocos minutos quiso volver a empezar. Le dije que podía terminar otro