El chico tatuado que pidió quince euros y terminó cambiándome la vida kara

día, pero negó con la cabeza.

—Tengo que pasar por la farmacia después.

Otra vez esa urgencia.

Cuando terminó, salí a verlo y me quedé quieta en la entrada.

El jardín parecía otro. Los bordes del camino estaban limpios. La hierba, bien cortada. Los escalones de la puerta, barridos. Incluso había recogido los restos que habían caído junto al muro.

Volvió hacia mí con su viejo cortacésped.

—Ya está, señora. Si le parece bien, son quince euros.

Yo ya tenía preparado el billete.

Cuando le puse cien euros en la