El chico tatuado que pidió quince euros y terminó cambiándome la vida kara

mano, se quedó helado.

—No, señora. No puedo. No tengo cambio.

—No hace falta que me des cambio.

—Pero yo le pedí quince.

—Y yo he visto lo que vale tu trabajo.

Miró el billete. Le temblaban los dedos.

Entonces sus ojos se llenaron de lágrimas. Giró la cara, pero vi cómo le caían por las mejillas.

Aquel chico tatuado, al que yo casi había echado sin pensarlo, estaba llorando junto a mi verja como alguien que llevaba demasiado tiempo aguantando.

—Álvaro… ¿qué pasa?

Se limpió la cara con la