quería llegar a casa y decirle a mi niña que papá lo había conseguido.
En ese momento algo se me rompió por dentro.
Le puse una mano en el brazo.
—Entonces ve con tu hija, Álvaro.
Él asintió, sin poder hablar.
—Y escúchame bien. Si necesitas trabajo, vuelves aquí. El jardín, las hojas, cualquier cosa de fuera. Pero nunca más por quince euros, ¿entendido?
Intentó sonreír.
Una sonrisa pequeña, cansada, pero verdadera.
Luego empujó su viejo cortacésped por la acera, más rápido que cuando había llegado.
Yo me quedé junto