a la verja viéndolo alejarse.
Toda mi vida enseñé a los niños a no juzgar a nadie por su aspecto.
Y aquel día, con setenta y dos años, fue un padre joven y tatuado quien me devolvió la lección.
Nunca sabemos qué batalla trae encima la persona que llama a nuestra puerta.
A veces la dignidad lleva una camiseta vieja, manos manchadas de hierba y tatuajes en el cuello.
Y a veces quince euros no son solo quince euros.
Son la diferencia entre ser rechazado y sentirse, por fin, mirado