habían caído junto al muro.
Volvió hacia mí con su viejo cortacésped.
—Ya está, señora. Si le parece bien, son quince euros.
Yo ya tenía preparado el billete.
Cuando le puse cien euros en la mano, se quedó helado.
—No, señora. No puedo. No tengo cambio.
—No hace falta que me des cambio.
—Pero yo le pedí quince.
—Y yo he visto lo que vale tu trabajo.
Miró el billete. Le temblaban los dedos.
Entonces sus ojos se llenaron de lágrimas. Giró la cara, pero vi cómo le caían por