las mejillas.
Aquel chico tatuado, al que yo casi había echado sin pensarlo, estaba llorando junto a mi verja como alguien que llevaba demasiado tiempo aguantando.
—Álvaro… ¿qué pasa?
Se limpió la cara con la manga.
—Mi hija —susurró—. Nora. Tiene cuatro meses.
No dije nada.
—A veces le cuesta respirar. En casa queda muy poca leche especial, y en la farmacia tengo que comprar unas mascarillas nuevas para el aparato de aerosol.
Miró el billete otra vez.
—Me faltaban quince euros. Exactamente quince. He llamado antes a varias casas.