sin palabras.
Como si aquel dinero le quemara los dedos.
Como si aceptar ayuda fuera más difícil que empujar un cortacésped viejo durante dos horas bajo el sol.
Abrí la puerta un poco más.
—Pasa un momento.
—No hace falta, señora. Solo quería devolverlo.
—Pasa, Álvaro.
No lo dije fuerte.
Pero lo dije como maestra.
Y durante muchos años, cuando yo usaba ese tono, hasta los niños más revoltosos sabían que no había discusión.
Entró despacio, limpiándose las zapatillas en el felpudo, aunque estaban más gastadas que sucias.
Se quedó