El chico tatuado que pidió quince euros y terminó cambiándome la vida kara

de la gente buena.

Aquella frase me dolió.

No por mí.

Por él.

Porque entendí que aquel chico no estaba acostumbrado a que la bondad no escondiera una trampa.

—Tu padre tenía razón —contesté—. Pero aceptar una mano limpia no es aprovecharse.

Álvaro miró hacia el suelo.

Durante unos segundos solo se oyó el reloj del pasillo.

Ese reloj antiguo que perteneció a mi marido, Antonio, y que desde que me quedé sola sonaba demasiado fuerte por las noches.

—¿Vives lejos? —pregunté.

—A unos veinte minutos andando. En un piso