El chico tatuado que pidió quince euros y terminó cambiándome la vida kara

pequeño, cerca de la carretera vieja.

—¿Y la madre de Nora?

—Clara. Está con ella ahora. Está agotada.

Lo dijo con ternura.

No como quien se queja.

Sino como quien quiere proteger incluso las palabras que usa para hablar de la persona que ama.

—¿Trabajas en algo fijo?

Soltó una risa breve, sin alegría.

—Trabajo en lo que sale. Jardines, portes pequeños, pintar una pared, limpiar trasteros… Lo que me dejen.

—¿Y no te dejan mucho?

No respondió enseguida.

Luego se tocó el cuello, justo donde asomaban los tatuajes.

—A