El chico tatuado que pidió quince euros y terminó cambiándome la vida kara

veces ni me abren la puerta del todo.

Me quedé quieta.

Porque yo tampoco se la había abierto del todo.

No al principio.

Y de repente mi recibidor me pareció demasiado pequeño para tanta vergüenza.

—Siéntate —le dije.

—De verdad, no quiero molestar.

—Álvaro, tengo setenta y dos años. A mi edad una ya decide quién molesta y quién no.

Se sentó en el borde de la silla, con las manos juntas, como si estuviera esperando que alguien le pidiera explicaciones.

Yo fui a la cocina y preparé dos vasos