veces ni me abren la puerta del todo.
Me quedé quieta.
Porque yo tampoco se la había abierto del todo.
No al principio.
Y de repente mi recibidor me pareció demasiado pequeño para tanta vergüenza.
—Siéntate —le dije.
—De verdad, no quiero molestar.
—Álvaro, tengo setenta y dos años. A mi edad una ya decide quién molesta y quién no.
Se sentó en el borde de la silla, con las manos juntas, como si estuviera esperando que alguien le pidiera explicaciones.
Yo fui a la cocina y preparé dos vasos