El chico tatuado que pidió quince euros y terminó cambiándome la vida kara

de agua.

Cuando volví, vi que miraba una foto antigua de mi clase.

Veintiséis niños de primero de primaria, todos con babis de colores, todos sonriendo como si el mundo fuera un sitio sencillo.

—¿Usted era maestra de verdad? —preguntó.

Sonreí.

—De verdad. Y bastante pesada, según algunos.

Él sonrió un poco.

—Yo dejé los estudios pronto.

No lo dijo con orgullo.

Tampoco con excusa.

Solo como quien deja una piedra encima de la mesa.

—A veces se deja una cosa pronto y se vuelve a ella de otra manera —