ya no podía subir escaleras para limpiar el canalón bajo.
No hice discursos.
No conté la vida de Álvaro.
Eso era suyo.
Solo dije:
—Conozco a un chico que trabaja bien. Si necesitas ayuda fuera de casa, dale una oportunidad.
El sábado por la mañana lo vi aparecer calle abajo.
Esta vez no venía con la cabeza tan baja.
Seguía empujando su cortacésped viejo, sí.
Pero caminaba distinto.
Como si la acera no lo rechazara tanto.
Mercedes lo recibió con los brazos cruzados.
Yo miraba desde mi ventana, lo confieso.