El chico tatuado que pidió quince euros y terminó cambiándome la vida kara

No para vigilarlo a él.

Para vigilarla a ella.

Al cabo de dos horas, Mercedes salió con una botella de agua y un plato con tortilla.

Eso, en nuestra calle, era una firma de confianza.

Por la tarde, Álvaro llamó a mi puerta.

Traía la cara roja del sol y las manos llenas de pequeñas rozaduras.

—Me ha pagado bien —dijo, como si no acabara de creérselo.

—Porque has trabajado bien.

—Y me ha dicho que vuelva dentro de dos semanas.

—Pues volverás.

Se quedó un momento callado.

Luego sacó