El chico tatuado que pidió quince euros y terminó cambiándome la vida kara

del bolsillo un papel doblado.

—He apuntado todo. Lo que he cobrado, lo que gasto en gasolina cuando consiga una máquina mejor, lo que tengo que guardar para Nora…

—No me lo tienes que enseñar.

—Ya. Pero quería que usted supiera que no estoy tirando nada.

Me dolió que sintiera la necesidad de demostrarlo.

Cuántas veces la vida obliga a algunas personas a enseñar las manos limpias antes incluso de saludar.

—Álvaro —le dije—. Yo no soy tu juez.

Sus ojos se quedaron fijos en mí.

—Es que mucha gente