sí.
No supe qué contestar.
Porque era verdad.
Durante las siguientes semanas, mi calle cambió despacio.
No de golpe.
Las cosas importantes casi nunca cambian de golpe.
Primero fue Mercedes.
Luego Pilar.
Luego Tomás.
Después una señora de la calle de atrás que tenía un limonero enfermo y demasiada vergüenza para pedir ayuda.
Álvaro empezó a venir dos o tres mañanas por semana.
A veces con el cortacésped.
A veces con una escoba, unas tijeras, una bolsa de herramientas prestadas.
Una mañana lo encontré mirando el cobertizo de mi patio.