Volví 2 horas antes y encontré a mi hija, muda desde hacía 2 años, riendo abrazada a la empleada mientras mi prometida las miraba con desprecio. La oí decir: «Estás contratada para limpiar, no para jugar a ser su madre». No discutí: cancelé la boda y cambié las cerraduras. Pero aquella noche, el viejo oso de peluche reveló una grabación que explicaba por qué mi hija le tenía miedo kara.

iba Lucía, de 4 años, agarrada a sus hombros y riendo con tanta fuerza que apenas podía respirar.

Javier sintió que las piernas le fallaban kara.

Desde la muerte de Irene, la madre de Lucía, la niña había dejado de hablar. Psicólogos, logopedas, terapias privadas, colegios especializados: nada había conseguido arrancarle más que algún gesto. Pero allí estaba, con las mejillas encendidas de alegría.

—Otra vez —susurró Lucía.

Javier se llevó una mano a la boca. Aquellas 2 palabras valían más que todas sus empresas.

Marta se detuvo, jadeando.

—Si