iba Lucía, de 4 años, agarrada a sus hombros y riendo con tanta fuerza que apenas podía respirar.
Javier sintió que las piernas le fallaban kara.
Desde la muerte de Irene, la madre de Lucía, la niña había dejado de hablar. Psicólogos, logopedas, terapias privadas, colegios especializados: nada había conseguido arrancarle más que algún gesto. Pero allí estaba, con las mejillas encendidas de alegría.
—Otra vez —susurró Lucía.
Javier se llevó una mano a la boca. Aquellas 2 palabras valían más que todas sus empresas.
Marta se detuvo, jadeando.
—Si