y Lucía llevando los anillos en una cajita torcida que había decorado ella misma.
Antes de entrar, la niña tiró suavemente de la mano de Marta.
—¿Sabes una cosa?
—¿Qué?
—Cuando tú llegaste, la casa dejó de dar miedo.
Marta se agachó hasta quedar a su altura.
—Y cuando tú volviste a reír, yo también dejé de tener miedo.
Lucía la abrazó.
Desde el otro extremo del jardín, Javier las observó y recordó el día en que había llegado 2 horas antes de lo previsto creyendo que regresaba simplemente a