administrativo dentro de una fundación creada para apoyar a familias de trabajadores fallecidos en accidentes laborales.
Acepté bajo una condición.
—No quiero caridad.
Vicente levantó una ceja.
—Nunca te ofrecí caridad.
—Y quiero un sueldo normal.
—Ramiro dirá que estás negociando mal.
—Entonces súbalo.
Sonrió.
Mía, por supuesto, siguió apropiándose de su despacho.
Cuando cumplió 4 años ya tenía una pequeña mesa, libros, lápices y una caja donde guardaba piedras del jardín que consideraba tesoros.
Una tarde encontré a Vicente junto a la ventana.
Mía estaba sentada en la alfombra