frente al enorme escritorio de Vicente.
Llevaba su vestido amarillo y sostenía un conejo de peluche bajo un brazo.
Vicente la observaba desde el otro lado.
Dos hombres de seguridad estaban junto a la ventana.
Ramiro, su asistente personal, sostenía una tableta.
Nadie hablaba.
Yo estaba a punto de entrar para sacar a mi hija cuando Mía hizo algo que casi me mata del susto.
Frunció las cejas.
Apretó los labios.
Cruzó los brazos.
Y levantó ligeramente la barbilla.
Exactamente igual que Vicente.
Estaba imitándolo.
Uno de los guardaespaldas bajó