la mirada.
Ramiro abrió los ojos.
Yo dejé de respirar.
Vicente era un hombre de 46 años al que nunca había escuchado gritar.
No lo necesitaba.
Cuando estaba molesto, simplemente se quedaba quieto.
Y esa quietud era peor.
Había empresarios que llegaban sonriendo a reunirse con él y salían 20 minutos después sin mirar a nadie.
Vicente contempló a Mía durante varios segundos.
Luego miró hacia la puerta.
Me vio.
—Sofía.
Entré inmediatamente.
—Señor Castañeda, perdón. La niñera canceló y yo…
Señaló a Mía.
—¿Es tuya?
—Sí.
Esperé mi despido.