Entonces ocurrió algo que nunca había visto.
La comisura de sus labios se movió.
Casi una sonrisa.
—Tiene buena puntería.
No entendí.
Vicente rodeó el escritorio, se agachó frente a Mía y puso exactamente la misma cara que ella.
Cejas fruncidas.
Boca apretada.
Brazos cruzados.
Mía soltó una carcajada.
Uno de los guardias tuvo que girarse.
Ramiro parecía a punto de dejar caer la tableta.
Y Vicente Castañeda, el hombre al que todos en aquella casa parecían temer, terminó riéndose con una niña de 3 años en medio de su