verdad dentro de mi propia casa.
Esa noche, Mark preparó el baño como siempre.
Tomó la toalla rosa del gancho.
Le sonrió a Sophie.
“Vamos, campeona. Baño rápido”.
Sophie no se movió al principio.
Me miró.
Fue una mirada brevísima, pero en ella cabía una vida entera.
Yo quise arrodillarme, abrazarla y decirle que no subiría.
Pero si lo hacía, Mark entendería que yo sabía algo.
Y todavía necesitaba ver.
Todavía necesitaba poder detenerlo con pruebas, no solo con terror.
Le acaricié la cabeza a Sophie.
“Después te leo el