cuento”, dije.
Mi voz salió firme.
No sé cómo.
Mark sonrió.
“Claro que sí”.
Subieron.
Esperé al sonido del agua.
Luego esperé al clic del pestillo.
No sonó.
Eso me hizo respirar distinto.
Caminé descalza por el pasillo, despacio, con el móvil ya desbloqueado en la mano.
Cada tabla del suelo parecía a punto de delatarme.
El vapor salía por debajo de la puerta.
La luz del baño hacía una línea blanca sobre la madera.
Y entonces oí el tic-tac.
No era el reloj de la pared.
Era más seco.