la suya, me permití llorar.
Lloré por mi hija.
Lloré por la mujer que había confiado.
Lloré por cada noche en la que el agua corrió arriba mientras yo lavaba platos abajo, creyendo que el amor vivía en la habitación de al lado.
La culpa intentó sentarse conmigo.
Llegó vestida de preguntas.
¿Por qué no miraste antes?
¿Por qué creíste en él?
¿Por qué no entendiste la primera vez?
Pero una psicóloga me dijo algo días después que repetí hasta aprenderlo.
“La culpa pertenece a quien creó el secreto, no