fachada de un hombre al que todos llamaban paciente.
También aprendí que Sophie no era frágil.
Estaba herida, sí.
Asustada.
Confundida.
Pero no rota.
La primera semana no quiso bañarse.
La segunda, aceptó lavarse sentada en una silla pequeña, con la puerta abierta y mi mano visible.
La tercera, eligió ella misma una toalla amarilla en una tienda.
No fue una gran escena.
No hubo música.
Solo mi hija tocando una toalla suave y preguntando:
“¿Esta puede ser solo mía?”
Yo dije que sí.
Luego compré tres.
Durante meses, dormimos