porque Mark esté allí.
No porque la casa sea la misma.
Sino porque mi cuerpo recuerda antes que mi mente.
Entonces voy al cuarto de Sophie.
La encuentro leyendo, dibujando o dormida con su conejito bajo el brazo.
Y me repito lo que debí saber desde el principio.
Una niña no debe cargar un secreto para proteger a un adulto.
Nunca.
El secreto era de él.
La verdad fue de ella.
Y la puerta, esta vez, quedó abierta.