cuando yo llegaba tarde.
Dejó de pedirme videojuegos.
En Navidad respondía siempre lo mismo.
—Estoy bien, mamá.
Durante mucho tiempo pensé que estaba madurando.
Después comprendí que un niño de 10 años había decidido en silencio que ya no podía darme más problemas.
Por eso, cuando una tarde apareció en la cocina y anunció:
—Conseguí trabajo.
Casi se me cayó la taza.
—¿Trabajo?
—Los sábados. En la fonda de don Ernesto.
Conocíamos el lugar.
Javier había comido allí durante años.
—¿Para qué quieres trabajar?
Mateo sonrió.
—Para la bicicleta.
Le