Mi hijo de 13 años llevaba 6 meses lavando platos para comprarse una bicicleta. Una noche lo vi esconder un montón de dinero. Días después volvió cubierto de lodo y con la ropa rota. Entonces su jefe me llamó y preguntó: —Señora, ¿sabe qué hace Mateo con cada pago? Le dije que ahorraba para su bicicleta. Guardó silencio. —Entonces ya es hora de que sepa la verdad.

dije que podíamos ahorrar juntos.

Negó inmediatamente.

—Quiero comprarla yo.

Acepté con 2 condiciones.

La escuela iba primero.

Y si el trabajo se volvía demasiado pesado, debía decírmelo.

—Trato hecho.

Desde entonces, todos los sábados salía con tenis viejos y una mochila azul.

Volvía oliendo a jabón, aceite y comida.

Después de algunas semanas, sus manos comenzaron a resecarse.

Los nudillos se le ponían rojos por el agua caliente.

Yo preguntaba:

—¿Cuánto falta?

Y Mateo siempre respondía:

—Ya casi.

Pasó 1 mes.

Luego 2.

Luego 4.

Luego 6.

La bicicleta