dije que podíamos ahorrar juntos.
Negó inmediatamente.
—Quiero comprarla yo.
Acepté con 2 condiciones.
La escuela iba primero.
Y si el trabajo se volvía demasiado pesado, debía decírmelo.
—Trato hecho.
Desde entonces, todos los sábados salía con tenis viejos y una mochila azul.
Volvía oliendo a jabón, aceite y comida.
Después de algunas semanas, sus manos comenzaron a resecarse.
Los nudillos se le ponían rojos por el agua caliente.
Yo preguntaba:
—¿Cuánto falta?
Y Mateo siempre respondía:
—Ya casi.
Pasó 1 mes.
Luego 2.
Luego 4.
Luego 6.
La bicicleta